Cuando yo era pequeñita soñaba en viajar por todo el Planeta. Escuchaba atenta las aventuras de mis padres en sus viajes por el mundo. Miraba con atención las fotografías y me decía a mi misma: quiero ser mayor y visitar esos lugares. Ciudades lejanas, ciudades míticas. Ellos me regalaron un globo terráqueo  de plástico y yo me dedicaba a jugar cerrando los ojos y apuntando con el dedo pensando que ese era el lugar que visitaría. Si mi dedo caía en un país que no me parecía lo suficientemente atractivo volvía a jugar. China, Australia, Japón, EEUU, México, Brasil, Las islas Fidji, Nueva Zelanda, la Isla de Pascua, Las islas Vírgenes, Grecia, Kenya, Egipto… cerraba los ojos y pensaba en aquellos sitios. Indiana Jones, la arqueología, las especies, los animales exóticos, los desiertos, los ríos, los mapas, las mochilas, los aviones, trenes, las tribus perdidas, las flores raras, la ruta de la seda, los templos antiguos, las catedrales, los cafés parisinos, las rutas literarias, los museos extraordinarios, las historias secretas, la comida extraña, la música de los pueblos.

Tengo planeadas miles de rutas alrededor del mundo. Mi imaginación ha hecho más de diez veces la vuelta al mundo. He viajado en barco, tren, avión, bicicleta, moto…he caminado por desiertos y por cañones. He traspasado ríos, visitado mercados, he visto varios mares y sobrevolado océanos. He subido al Himalaya  y dormido en playas paradisíacas.   He dormido en grandes hoteles y albergues en diferentes ciudades . He hablado varios idiomas y pagado con diferentes monedas.

Los libros de viajes que pululaban por casa fueron ojeados por mi, millones de veces. He sido una exploradora. He leído a Sir Richard Francis Burton y a Julio Verne. He ido de safari, me he adentrado en la selva, en la jungla y he visto amanecer en la Sabana. He soñado en que formaba parte de la Sociedad Geográfica y que era una intrépida viajera victoriana. He leído literatura de viajes. Y no contemplo el mundo sin poder explorarlo. Porqué el mundo es muy grande y redondo. De pequeña siempre desee ser Phileas Fogg, en La vuelta al mundo en 80 días.

“¿Había viajado? Era probable, porque conocía el mapamundi mejor que nadie. No había sitio, por oculto que pudiera hallarse, del que no pareciese tener un especial conocimiento. A veces, pero siempre en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos falsos que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba las probabilidades que tenían mayores visos de realidad y a menudo, sus palabras parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el suceso acababa siempre por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo menos, de memoria.”

La vuelta al mundo en 80 días- Julio Verne

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Hay una fotografía que me tiene cautivada. Una Mujer escribe una carta. El sol entra por la ventana. En la vieja pared varias fotografías y una Jaula con un bonito pájaro. Un candelabro y otra foto encima de la mesa. Estamos a finales del siglo XIX en Berlín. Ella lleva puesto el sombrero. Me imagino que está a punto de salir del viejo apartamento. Bajará las escaleras y  tirará la carta en el buzón. Tiene muchas cosas que explicar. Su vida cambió hace tiempo.  Le gustan las flores y los vestidos con encaje blanco. Los rayos de luz caen como bellas gotas en el papel de la habitación. Su letra es redonda y bonita. Explica emocionada que espera la llegada del verano para mojar sus pequeñas piernas en el lago. La silla dónde está sentada pertenecía a su abuela y está rota. Firmará la carta con su bello nombre. Cerrará el sobre y cogerá un poco de dinero. Aprovechara para comprar un poco de leche y carne. Y luego a la vuelta, se quitará el sombrero, se sentará en el viejo balancín  y  contará los días o semanas para que el cartero le traiga una nueva carta. Con noticias, con poemas. Con amor. Y mientras tanto piensa: “que bien que los rayos del sol entran por la ventana no quiero volver a tener los pies fríos”.